Camera - David Cronenberg (2000)
Labels: Cortos
I hate how white people always try to take credit for something after they discover it. Like it wasn’t happening before they found out about it – which most times is always late, and they didn’t have nothing to do with it happening. Then, they try to take all the credit. […] That kind of dishonest shit makes me sick to my stomach. And when you speak out on it or don’t go along with this racist bullshit, then you become a radical, a black troublemaker. Then they try to cut you out of everything.

De pequeña mi madre me decía que si un señor me ofrecía caramelos o gatitos a cambio de que lo acompañara, saliera corriendo a decírselo. Mi imaginación no estaba lo suficientemente corrupta como para valorar las consecuencias, o quizá mi inteligencia era tan limitada ni siquiera me cuestionaba el porqué del consejo de mi madre. Un temor paternal extendido, yo solo puedo imaginar, que tus descendientes sean raptados por un pervertido y sometidos a sus retorcidos caprichos. En esto reparaba yo esta mañana, cuando releía las últimas andanzas de ese enamorado de las carnes juveniles, amigo de la adolescente inocencia, ese ejemplo a la tercera edad que es Berlusconi. Silvio sufre delirios de emperador romano y cuando se mira al espejo por las mañanas se visualiza a sí mismo con una túnica y una corona de laurel, y así, con la barbilla en alto dice en tono afeminado: “Que me traigan todas las vírgenes de la Lombardía. Las tomaré todas antes del almuerzo.”

Labels: Corrupción


La noche del 24 de diciembre de 1888 dos de las figuras más importantes de la historia de la pintura discutían, después de consumir cantidades industriales de alcohol, sobre la validez de tomar la realidad como modelo en el proceso artístico pictórico. Van Gogh defendía esta postura mientras que Gauguin argumentaba que la imaginación es la fuente más pura. Esa fue la noche en que, según la documentación conservada, Van Gogh se cortó la oreja.


Labels: Arte
Mi padre, en su obsesión por ser puntual, se empeñaba en llegar al cine del barrio con horas de antelación a la programada. Como siempre íbamos a primera sesión, la sala ni siquiera había abierto y las persianas estaban bajadas, al igual que las de los comercios cercanos. Recuerdo los momentos hasta que la ventanilla subía el estor metálico como una espera eterna, con la impaciencia y el reproche a mi padre por hacernos llegar tan pronto. Una vez acomadada en la butaca, con la luz ténue y el murmullo quieto de la sala, se me olvidaba el tedio de la espera y cuando se apagaban las luces era cuando empezaba el momento mágico. Aún me entra un pequeño hormigueo cuando escucho la sintonía de Movierecord.

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