Wednesday, February 13, 2008

Feliz San Valentín!

Rosas, tarjetas y bombones sin licor son los viejos conocidos de San Valentín, un santo sacerdote que de haber existido, murió virgen. No que tenga nada en contra de los vírgenes, en sus manos está hacer de cruces virtudes, pero me interesan más los psicópatas. Una pena que todavía no se haya elegido al santo patrón de los perturbados, en cuyo día celebrativo habrá que regalar machetes y sierras eléctricas en miniatura.
Un sentimiento indivisible al del amor es el de los celos, que nos transforman en dementes amateurs, en pequeños lunáticos desbocados, irracionales y desequilibrados, unas emociones más interesantes que los meros gestos de afección de autobús y terraza de bar. Albergamos entre pecho y espalda tanta cantidad de cariño como de rencor, y la frontera entre ambas es temerosamente delgada.
Por todos es familiar la tendencia humana a acabar con lo que nos ha traicionado, con los que nos han sido infieles. Les desearemos la peor de las suertes, los humillaremos mentalmente y algunos llevarán su odio algo más lejos. En Las 1001 noches, el rey Schahriar, tras descubrir la infidelidad de su esposa decide degollarlos en la cama y desarrolla una misoginia tan extrema que asesina a cada mujer con la que se acuesta. Lo que el relato no detalla es si, como en la película Boogie Nights, el crimen se comete en público, con una audiencia erótico festiva.
Recuerdo que de niña me impresionó el pasaje de Sobre heroes y tumbas de Sábato en que Juan deja encerrados a la mujer y a su amante en el ascensor hasta su muerte.

"Aprieta el botón una y varias veces, abre y cierra la puerta de fuelle. Luego grita para abajo, para que Juan cierre la puerta inferior, si es que la ha abierto. Nadie le responde. Grita más fuerte (sabe que Juan está abajo, esperando que salgan todos) y nadie le responde. Grita varias veces más, con mayor energía y finalmente con miedo. Pasa un rato, se miran mientras tanto con la mujer, como preguntándole qué pasa. Luego vuelve a gritar, y también ella, y los dos juntos. Esperan un tiempo, después de consultarse: "Ha ido al baño, está afuera charlando con Dombrowski (el portero polaco de la casa de al lado), ha ido a revisar la casa, por si queda algo, etc." Pasan quince minutos y vuelven a gritar: nada. Gritan durante cinco o diez minutos: nada. Esperan, ahora con mayor inquietud, durante otro lapso, mientras se miran con ansiedad y miedo crecientes. Ninguno de ellos quiere decir algo desesperante, pero ya comienzan a pensar que tal vez se hayan ido todos y hayan cortado la corriente. Entonces empiezan a gritar uno, otro y los dos juntos: primero con enorme fuerza, luego dando alaridos de terror, después emitiendo aullidos de animales enloquecidos y acorralados por las fieras. Esos aullidos se prolongan durante horas, hasta que poco a poco empiezan a debilitarse: están roncos, están agotados por el esfuerzo físico y por el horror: Ahora emiten gemidos cada vez más débiles, lloran y golpean con debilidad creciente el bloque macizo del entrepiso. Se pueden imaginar varias escenas posteriores: puede haber sucedido un lapso de estupor, en que ambos, en la oscuridad, hayan quedado callados y atontados. Luego pueden hablar ellos, cambiarse ideas y hasta pequeñas esperanzas: Juan volverá, ha ido a la esquina a tomar una copa; Juan se ha olvidado de algo en la casa y vuelve a entrar: al llamar el ascensor para subir se encuentra con ellos, que lo reciben llorando y le dicen: "Si supieras, Juan, qué susto pasamos". Y luego los tres, comentando la pesadilla, salen y ríen por cualquier zoncera que sucede en la calle, tanta es su felicidad. Pero Juan no vuelve, ni ha ido al boliche de la esquina, ni se ha demorado con el portero polaco de al lado: lo cierto es que pasan las horas y nada sucede en aquella silenciosa mansión abandonada. Mientras tanto han recuperado cierta energía y empiezan los gritos, luego nuevamente los alaridos, seguidos por los aullidos, para terminar, como es de presumir, en gemidos cada vez más insignificantes. Es probable que para entonces estén caídos en el piso del ascensor y que mediten en la imposibilidad de que semejante horror pueda suceder: eso es muy típico de los seres humanos, cuando pasa algo espantoso.
Se dicen: "¡Esto no puede ser, no puede ser!" Pero está siendo y el horror empieza de nuevo a devorarlos. Es probable que entonces comience una nueva tanda de gritos y aullidos. Pero ¿para qué pueden servir? Juan ahora está en viaje a la estancia, pues él va con los patrones, el tren sale a las diez de la noche. Para nada sirven los gritos, pero así y todo hay en los hombres cierta confianza desatinada en los gritos y aullidos, está probado en muchas catástrofes; así que, dentro de las escasas energías que restan, vuelven a gritar y gruñir, para terminar en gemidos, como siempre. Esto, claro, no puede seguir: llega un momento en que ya se abandona toda esperanza y entonces, y aunque esto parezca grotesco, se piensa en comer. ¿Comer para qué? ¿Para prolongar el suplicio? En aquel cuchitril, en las tinieblas, tirados en el suelo (se sienten, se tocan) ambos piensan en la misma y horrible cosa: ¿qué comerán cuando el hambre sea insufrible? El tiempo pasa y también piensan en la muerte, que en pocos días tendrá que llegarles. ¿Cómo será? ¿Cómo es la muerte por hambre?
Piensan en cosas pasadas, vienen a la memoria recuerdos de tiempos felices. A ella ahora le parece hermoso aquel tiempo en que hacía el yiro en Parque Retiro: había sol, los muchachos marineros o conscriptos a veces eran buenos y tiernos; en fin, esas cosas de la vida, que siempre parecen tan maravillosas en el momento de morir, aunque hayan sido sórdidas. Él debe recordar cosas de su infancia, en alguna ría de Galicia, recordará canciones, bailes de su aldea. ¡Qué lejos está todo! Nuevamente él o ella o los dos juntos, vuelven a pensar: "(Pero si no es posible!" Esas cosas, en efecto, no suceden. ¿Cómo podría suceder? Es probable que así se inicie una nueva serie de gritos, pero que son menos enérgicos y duran menos que las series anteriores. Luego vuelven a sus pensamientos y recuerdos, a Galicia y a la feliz época de la prostitución. Bueno, en fin, ¿para qué seguir con la descripción minuciosa? Cualquiera puede reconstruirla, a poco que tenga alguna imaginación: hambre creciente, sospechas mutuas, peleas, recriminaciones por cosas pasadas. Acaso él quiere comerse a la mucama y para tener la conciencia tranquila empiece a recriminarle la época de la prostitución: ¿no le daba vergüenza? ¿No se le ocurría que todo eso era inmundo?, etcétera. Mientras piensa (eso después de un día o dos de hambre) en que, por lo menos, podría comerse, aun sin matarla del todo, una parte de su cuerpo: podría arrancarle aunque sea un par de dedos, o comerle una oreja. No debe olvidar el que quiera reconstruir este episodio que, además, esos dos seres humanos deben hacer allí sus necesidades, de modo que la escena se hace cada vez más sucia, más sórdida y abominable. Pero, así y todo, hay sed y hambre crecientes. La sed puede apagarse con orines, que se recogerán en la mano para luego tomarlos, como también está comprobado. Pero ¿y el hambre? También está comprobado que nadie come sus propios miembros, si está cerca de otro ser humano. ¿Recuerdan el encierro del Conde Ugolino con sus propios hijos? En fin, es probable qué digo: es seguro, que al cabo de cuatro días, quizá menos, de encierro hediondo y salvaje, con rencores mutuos y crecientes, el más fuerte come al más débil. En este caso, el portero come a la mucama, quizá primero en forma parcial, empezando por sus dedos, después de darle algún golpe en la cabeza o de golpeársela contra las paredes del ascensor, hasta que la come íntegra."

Una tortura tan cruenta, dejar que los amantes se devoren... en sentido literal.
Eso sí, recuerden que si deciden vengarse de sus parejas esta víspera, corren el riesgo de sufrir, como en el episodio Something to tide you over de Creepshow, fatales consecuencias: Leslie Nielsen entierra a su mujer y a su amante hasta el cuello en la orilla de la playa. Cuando la marea sube ambos se ahogan pero volverán de entre los muertos en forma de zombie algoso.
Si como alternativa con un asesinato tienen suficiente, déjenme refrescarles la memoria con El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante... por si alguna vez sintieron curiosidad de conocer el sabor de la carne humana.

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Thursday, June 21, 2007

Un tipo implacable

"Walter?
Walter era un campista. Y un chef; pero no necesitaba a Walter. El pollo estaba casi a punto. No le quedaban más de un par de minutos.
Jack sacó la automática que llevaba en los riñones. Walter lo miró de reojo. Jack se sacó el faldón de la camisa y empezó a limpiar el arma, con mucha concentración bajo la mirada atenta de Walter.
Si disparaba a Walter desde donde estaba, Walter y el pollo se caerían en la hoguera. Cómo salvar el pollo? Se levantó y rodeó la hoguera hasta situarse frente a Walter; se sentó y siguió limpiando el arma. Si disparaba desde allí, Walter caería de espalda y, o bien arrastraba al pollo consigo o bien el pollo caería al fuego. Walter se había bebido cuatro botellas de Falstaff mientras lo asaba, y escupió sangre después de abrir la última.
-Para qué estás limpiando el arma? Si vas a matarlo, espera hasta que hayamos comido. Si te gusta rosado por dentro, ya está en su punto.
-Puedo hacerte una pregunta personal?-dijo Jack
-Cómo de personal?
-Te importa mucho ser un cagón de mierda? Quiero decir un "Schitterer".-Soltó una carcajada al ver la cara de bobo que puso Walter, dejó de frotar la automática con la camisa y le pegó un tiro en el entrecejo; se abalanzó para rescatar el pollo, pero no lo consiguió. Walter sujetaba el palo con mucha fuerza y se llevó el pollo al caer de espaldas. El pollo aterrizó sobre sus piernas.
Jack usó los dientes de Walter como abrebotellas y le arrancó un par de molares antes de lograr detapar la cerveza. Cogió la botella, el pollo y, en el último segundo, qué coño, decidió llevarse también la botella de whisky para instalarse entre los nogales para vigilar la casa."


Elmore Leonard, implacable. Incluyo este fragmento en mi sección de crímenes bastos, esencialmente por el detalle del pollo. La vida humana le importa menos al asesino que rescatar su cena, lo que se traduce en el quebradero de cabeza que le supone encontrar el ángulo apropiado para que el ave no caiga en la hoguera.
Como en el fragmento de El amigo americano, el autor repite el nombre del que va a morir de forma casi compulsiva, 13 veces para ser exactos. Lo de utilizar los dientes como abrebotellas es una exquisitez cortesía de un genial Leonard. Sólo él...

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Monday, December 04, 2006

El amigo americano

"Tom se dio cuenta de que la figura rechoncha que entraba en la plataforma era Marcangelo otra vez, pero no apartó los ojos del periódico. Justo enfrente de Tom, Marcangelo abrió la puerta del retrete y Tom dio un salto hacia delante como si quisiera entrar con él antes que el italiano, pero al mismo tiempo echó el lazo al cuello de Marcangelo con la esperanza de ahogar su grito al arrastrarle, dando un fuerte tirón al "garrotte", como un boxeador descargando un golpe cruzado con la derecha, hacia el interior del retrete. Cerró la puerta y tiró brutalmente del "garrotte", al mismo tiempo que pensaba que era la misma arma que Marcangelo había utilizado en sus buenos tiempos. Tom vio que el nilón se hundía en la carne del cuello de Marcangelo. Lo retorció otra vez por detrás de la nuca y siguió tirando con fuerza. Con la mano izquierda, Tom movió el pestillo de la puerta. Cesó el gorgoteo del italiano, la lengua asomó por entre sus labios horribles, mojados, los ojos se cerraron, luego volvieron a abrirse con horror y en ellos apareció la mirada perdida y fija, atónita de los moribundos. La dentadura postiza cayó al suelo ruidosamente al chocar contra los azulejos. Tom casi se estaba cortando el pulgar y el lado del índice debido a la fuerza con la que tiraba del cordón, pero se dió cuenta que era un dolor que valía la pena soportar. Marcangelo se había desplomado, pero el "garrotte", mejor dicho, Tom, lo sujetaba más o menos en posición de sentarse. Tom pensó que Marcangelo ya había perdido el conocimiento; era imposible que siguiese respirando. Tom recogió la dentadura y la tiró al retrete y luego consiguió apretar el pedal para que el agua se llevase lo que había en la taza. Con gesto de asco se limpió los dedos en el hombro acolchado de Marcangelo."

Vaya, vaya con este Tom Ripley, parece que no aprende. A mí me parece un personaje fascinante y positivo: es elegante, inteligente, manipulador y que atiende a su propia moral. De este fragmento lo que más me llama la atención es la cantidad de veces que mi querida Patricia Highsmith repite el nombre del muerto: "Marcangelo", "Marcangelo", lo que refuerza la gravedad del crimen, el muerto se personifica cada vez que dice su nombre. No será necesario decir que toda esta escena se desarrolla en el interior de un tren, qué tendrá la autora con los trenes? Y con la muerte por asfixia?



Otros crímenes bastos:

La llave de cristal
Extraños en un tren

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Thursday, October 05, 2006

La llave de cristal

"Con una sonrisa dedicada a Ned que le llegaba hasta las orejas, y sin mirar al hombre cuyo cuello apretaba, Jeff comenzó a respirar honda y pausadamente. Se hincharon bajo la chaqueta los músculos de los hombros, los brazos y la espalda; y el sudor brotó en la cara morena horrible. Ned estaba pálido. También él respiraba hondamente y una capa de humedad apareció en sus sienes. Miró la cara de O'Rory por encima del hombro musculoso de Jeff. El rostro estaba del color de la bilis.
Resaltaban en él los ojos ciegos. Asomaba la lengua azulada por entre los labios cárdenos. Su esbelto cuerpo se estremecía esporádicamente. Una de las manos comenzó a golpear contra el muro mecánicamente y sin fuerza.
Sonriéndole aún a Ned, sin mirar al hombre que tenía agarrado por el cuello, Jeff abrió algo más las piernas y arqueó los lomos. La mano de O'Rory dejó de golpear sobre la pared. Se oyó un sordo crujido y, casi inmediatamente, otro más sonoro. Cesaron las convulsiones del cuerpo de O'Rory, que quedó desmanejado y lacio entre las manos de Jeff.
Jeff rió guturalmente:
-Se acabó-dijo.
Quitó de su camino una silla con un puntapié y dejó caer el cuerpo de O'Rory sobre el sofá. Ahí quedó, boca abajo, con un brazo y una pierna colgando hasta el suelo.
Jeff se frotó las caderas con las manos y se volvió hacia Ned.
-Soy un sentimental, grandote pero bueno."


Me estoy pensando la posibilidad de abrir una nueva sección en el blog en el que incluya crímenes literarios. En una ocasión ya mencioné el escalofriante asesinato que Patricia Highsmith detalla en Extraños en un tren. A veces me parece que describir de esta forma un crimen requiere una auténtica identificación con la mente del que lo comete, lo que casi, de alguna forma, te convierte en cómplice.
En este fragmento del libro de Dashiel Hammet, la presencia de un tercero que observa la muerte por asfixia acentúa nuestra implicación, somos nosotros contemplando un asesinato sin poder hacer nada. A mi personalmente lo que más me impacta son esos golpes en la pared...

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Tuesday, January 24, 2006

Extraños en un tren

"Ella era una mancha negra y fea. Bruno saltó con las manos abiertas y las muñecas pegadas una a otra.
-Oye, qué haces..?
Sus manos se aferraron a la garganta de la chica antes de que pudiera acabar la pregunta, ahogando de raiz su gesto de sorpresa. La zarandeó. El cuerpo de Bruno parecia endurecerse como una roca y podia oir como rechinaban sus dientes. De la garganta de Miriam surgia un ruido chirriante, pero las manos se aferraban con demasiada fuerza y la impedían chillar. Metió una pierna detrás de ella y la empujó hacia atrás. Cayeron los dos juntos sin más ruido que el de dos cuerpos revolcándose sobre las hojas. Hundió los dos dedos y aguantó la desagradable sensación que le producía aquel cuerpo forcejeando bajo el suyo. Quería impedir que las contorsiones de Miriam les obligaran a ponerse en pie. Bajo sus manos, la garganta se notaba más cálida e hinchada.
"Basta!, Basta!, Basta! Yo te lo ordeno!"-pensaba Bruno.
Y la cabeza dejó de voltear. Bruno estaba seguro de haberla apretado suficiente rato, pero no aflojó la presión de sus manos. Echó una mirada hacia atrás pero no vió venir a nadie.. Al aflojar los dedos, tuvo la sensación de que habia dejado unas profundas hendiduras en la garganta de Miriam, como si la garganta fuese la masa con que se hace el pan. Entonces ella profirió un sonido parecido a una tos y que le dejó tan aterrado como la visión de un muerto levantándose, y de nuevo cayó sobre ella, se afianzó sobre las rodillas para hacerlo, y la apretó con tal fuerza que creyó que se le iban a romper los pulgares. Toda la energia que habia en él salia por las manos.
"Y si no basta?"-se oyó gimotear a sí mismo.
El cuerpo se habia quedado inmóvil, fláccido."-Patricia Highsmith
Este fragmento me parece estremecedor. Y luego hablan de la violencia de los videojuegos.

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